lunes, 26 de septiembre de 2011

Sin pasaporte


Todas las personas somos tan diferentes y a la par tan iguales que me da miedo. Ojala pudiera quedarme con el cielo de unos ojos radiantes, con las manos del obrero en ansiada busca de comida para los suyos, con los pies del caminante extraviado, porque todos nos sentimos perdidos en alguna etapa. Con la ilusión de los niños que tan solo quieren correr y comer golosinas. Cada uno tenemos una historia y esta a su vez se multiplica de forma exponencial en muchas otras hasta los confines de la historia, del papel. Unos rubios, otros morenos, unos más altos, otros no tantos. Pero al final todos somos iguales. Todos por muy diferentes que seamos tenemos en nuestro núcleo algo fundamental que nos une. Algo que traspasa murallas de cualquier origen. El dolor no goza de DNI ni pasaporte. Y cuando vemos sufrir a alguien, algo nos da un revolcón por dentro. Nos traspapela todos los esquemas, llega el punto de inflexión, y ya, no volvemos a ser los mismos. Cambiamos. Por desgracia, este motivo de cambio es demasiado constante.